«Y la Virgen del Pilar se vistió de falangista». El culto de la Virgen del Pilar en la Guerra Civil Española (1936-1939)

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  1 «Y LA VIRGEN DEL PILAR SE VISTIÓ DE FALANGISTA» EL CULTO DE LA VIRGEN DEL PILAR EN LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA (1936-1939) Federico Naldi  Resumen.  –    En virtud de sus valores bélicos y patrióticos, así como de los fuertes sentimientos identitarios que despertaba, el culto de Nuestra Señora del Pilar se prestaba muy bien a ser utilizado tanto como instrumento de legitimación del Alzamiento de 1936 y de la guerra, cuanto como vehículo de socialización de la cosmovisión nacionalcatólica propia del régimen de Franco. El presente trabajo pretende revisar brevemente los acontecimientos de la advocación aragonesa durante la Guerra Civil española, desde el bombardeo de la basilíca pilarista, perpetrado el 3 de agosto de 1936, hasta el tributo de homenaje de Zaragoza al Caudillo, que tuvo lugar durante la visita de Franco el 12 de octubre de 1939.   En la primera parte, se examinan las publicaciones de la zona nacionalista en los días posteriores al ataque, en las que, por un lado, se actualizó la macro-interpretación por la que los sectores reacionarios y católicos habían leido los acontecimientos de la historia nacional desde la Guerra de la Independencia, y, por el otro, se va desarrollando una interpretación en clave milagrosa de los eventos del conflicto.   En la segunda sección, se toma en examen las Fiestas del Pilar en los años de la guerra, destacando la trasformación de estas fechas en un medium  del régimen para acercarse a las masas, movilizarlas y integrarlas en su lucha contrarrevolucionaria y las diferentes interpretaciones del significado de la efemeride realizadas por las distintas almas del conglomerado rebelde. Palabras clave.  –    España, siglo XX, religión y política, nacionalismo, Virgen del Pilar, franquismo. I Según el informe elaborado por el teniente coronel Manuel Galbie, comandante del parque de artillería de Zaragoza, en la noche del 3 de agosto de 1936, un avión, volando a baja altitud, arrojó tres bombas sobre el santuario del Pilar de Zaragoza. Mientras que una de las bombas impactó el suelo en la Plaza del Pilar, las otras cruzaron el techo y la bóveda del templo en los alrededores de la Santa y Angélica Capilla (Galbie 1936). Ninguna de las bombas llegó a explotar, pero  –   como escribió Teodoro Ríos, el arquitecto encargado de las obras de restauración y consolidación del templo pilarista comenzadas en los años Veinte  –   los dispositivos caídos sobre la iglesia dañaron el coro de la capilla de la Virgen y el órgano monumental, así como un fresco de Goya titulado  Adoración del Nombre de Dios (Ríos 1936).  2 La inmediata reacción popular a la difusión de la noticia del raid   fue la organización de procesiones penitenciales y actos de desagravio por muchas instituciones, entidades cívicas y hermandades, que costituían delegaciones que pusieron a los pies de la Sagrada Columna una ofrenda de flores en reparación a la Virgen por el sacrilegio sufrido (  El Pilar 1936). Incluso unidades de Acción Ciudadana, es decir la milicia ciudadana de Zaragoza, del Requeté aragonés y de las tropas de Falange, después de haber desfilado por la calle de Alfonso y la Plaza del Pilar, se arrodillaron y se recogieron en oración a los pies del Pilar, en acto de homenaje a la Virgen (  El  Noticiero 1936). Mientras que durante la mañana del 3 de agosto siguieron manifestaciones espontáneas, tanto colectivas como privadas, en la tarde del mismo día el alcalde Miguel López de Gera, establecido por el general Cabanellas, convocó, desde los micrófonos de Radio Aragón, un gran cortejo «en acto de desagravio y protesta y en reafirmación de la fe del pueblo zaragozano a la Santísima Virgen del Pilar» (  Libro de actas del Ayuntamiento de Zaragoza. Año 1936.  1936: 204; López de Gera 1936). La inciativa de López de Gera demuestra el papel dinámico y central tomado, en una fecha tan temprana, por las autoridades locales y la intellighenzia  de la provincia  –   los «intelectuales intermedios» gramscianos  –   en la organización del consenso al golpe y en la movilización de la población en favor de los insurgentes (Cenarro 1997: 263; Ugarte 1998: 247). A la cabeza de la manifestación procedieron con el alcalde, las principales autoridades de la ciudad: el arzobispo Rigoberto Doménech, el general Germán Gil Yuste, Gobernador Militar de Zaragoza, el presidente de la Diputación Provincial, Miguel Allué Salvador, Julián Lasierra, Gobernador Civil de la ciudad y comandante de la Guardia Civil, y el rector de la Universidad de Zaragoza, Gonzalo Calamita (  El Pilar   1936): a latere  de la jerarquía eclesiástica, los representantes del poder civil y militar volvieron a presidir las ceremonias religiosas de manera oficial. Las manifestaciones de protesta y las procesiones de desagravio y de reparación se convirtieron en actos de adhesión de la capital aragonesa al golpe, como señala, por ejemplo, “El Pilar” , la revista de propaganda del culto pilarista, cuando escribe que Los cánticos piadosos sucedían a los vivas a la Virgen, a España, al Ejército y a todas las fuerzas colaboradoras en este gran movimiento de reconquista y salvación de la Patria auténtica y tradicional (  El Pilar   1936). En los días después del atentado, se llevaron a cabo funciones de reparación a la Virgen del Pilar de gran solemnidad en todas las ciudades de la zona militar con la partecipación de miles de personas (Cruz 2005;  El Pilar 1936;  El Noticiero 1936). A menudo, come fue el caso de Salamanca descrito por Hilari Rauer, las celebraciones de desagravio a la Virgen del Pilar constituyeron el primer acto político-religioso después del levantamiento de julio (Raguer 2001: 104-105). Estas  3 protestas reanudaron los métodos y las características de las protestas católicas de la etapa republicana (Solans 2012: 468) y de los años de la Restauración (de la Cueva Merino 2000). Las manifestaciones constituyeron el momento principal de la «construcción social del enfrentamiento», ayudando a definir las características de las identidades colectivas en el conflicto y la socialización de sentidos y objetivos del alzamiento de 18 de julio, en una labor insustituible de «giving meaning» (Cruz 2005: 161) y de legitimación. Las ediciones de los diarios de Zaragoza en los días siguientes al bombardeo llevaron el suceso en esquemas interpretativos ya elaborados por la derecha conservadora y católica en las décadas anteriores. Durante el “Bienio rojo” , el discurso reacionario había establecido una división fundamental dentro de la sociedad española entre el pueblo de Dios y la revolución, término polifacetico que en aquella circunstancia indicaba a la persecución ejercida en detrimento de los derechos de ciudadanía de los católicos por la coalicción azañista al gobierno. Esta visión maniquea, acompañada de los adjetivos consecuentes, se recuperó en los periódicos de Zaragoza:. en frente del pueblo católico «noble, fiel, honrado, viril, alegre, sin odio» (Cruz 2006: 51-54), se puso la Anti-Patria, la Anti-Raza, los «malos españoles» (  El Noticiero  1936). Así, el empresarial “Heraldo de Aragón” escribió del «odio persecutorio contra la fe y la raza y el patriotismo de España» (Orlando 1936), mientras que “El Noticiero” , católico, habló del «instinto satánico y afán infernal» que animó a los aviadores y añadió que el «odio a muerte a la Religión que ha sido exteriorizado, debe estar característica de la lucha que participamos», llegando perentoriamente a la conclusión de que la guerra que se estaba librando era una «Cruzada moderna, que es mandado de Dios y exigencia de la Patria» (  El Noticiero  1936). Además, dado que los autores de la incursión estaban al servicio de la Generalitat de Catalunya, el raid   tomó valores adicionales, porque se percibió como un ataque de los separatistas periféricos contra uno de los símbolos más entrañables de la unidad nacional de España, lograda en la fecha pilarista del 2 de enero de 1492. Patrimonio del regionalismo conservador y unitarista aragonés desde los comienzos del siglo, la inclinación anticatalanista se fue exacerbando después de la concesión del Estatut de Catalunya en 1932. En las trasmisiones de la tarde del 3 de agosto, Radio Aragón presentó el atentado como pepetrado por «hordas bárbaras, crueles, salvajes, antiespañolas, al servicio de Rusia», introduciendo los motivos propagandísticos de la invasión extranjera y de la defensa de la independencia nacional (  Heraldo de Aragón  1936). Para ambas facciones, la referencia inmediata por estos temas era la Guerra de la Independencia, obligado «punto de partida para cualquier noción de nacionalismo español moderno» (Ucelay da Cal 1994: 201). Se reactivaron así viejos y  4 consolidados estereotipos del culto pilarista, conectados a la mitología patriótica y bélica estrechamente relacionada a la advocación zaragozana desde el tiempo de los Sitios de 1808-1809. Con motivo del Día del Pilar de 1936, “El Noticiero” hizo un paralelismo explícito   Y hemos hecho lo que hicieron nuestros padres y nuestros abuelos; cumplir el deber. Ellos, a costa de su sangre, cortaron las alas al águila napoleónica, y mellaron la cimitarra agarena. Nosotros, al mismo precio, y con idéntico sacrificio, embotaremos el filo de la hoz moscovita y haremos añicos el martillo masónico (  El  Noticiero  1936).  En los años de la guerra, las páginas de la prensa diaria y periódica aragonesa se llenaron de referencias a la Guerra de 1808, sus héroes y heroínas, ya exaltados en las celebraciones del Centenario de los Sitios de Zaragoza en 1908 (Moreno Luzón 2004). Como ha señalado Enric Ucelay Da Cal, la Guerra de la Independencia dio lugar al «macromodelo interpretativo» por el cual la derecha integrista española concebió las guerras posteriores, incluido el conflicto de 1936-1939 (Ucelay da Cal 1994: 199). De este  pattern hermenéutico, la lectura en clave milagrosa de los sucesos bélicos es un elemento esencial tanto en las guerras napoleónicas (Solans 2012: 307) como en 1936. Así, en relación con la no-explosión de las bombas, en las columnas de “El Noticiero”  leemos de «signos externos, claros y fehacientes, de intervención sobrenatural», que muestran «con señales inequívocas, la asistencia y la protección de la Santa Patrona de Aragón y de España» (  El  Noticiero  1936). En la misma línea se adapta “El Pilar”   Repasen, repasen los incrédulos, los datos y circunstancias que acompañaron al crimen sacrílego; y verán cómo es Ella, la Virgen del Pilar, la que quitó su poder explosivo a la espoleta de los diabólicos artefactos (  El Pilar   1936) . En los días y en las semanas sucesivas al bombardeo, desde toda la España rebelde se enviaron a la alcaldía y al palacio arzobispal de Zaragoza numerosos telegramas de protesta. Ellos testifican el valor emocional que vistió el Pilar a los ojos de los católicos españoles, ya que el Pilar era «de universal veneración» (  El Noticiero  1936) y «símbolo […] de las virtudes de la Raza española» (  Heraldo de Aragón  1936).   Desde los telegramas, se deduce también tanto la auto-percepción que las poblaciones de las regiones rebeldes habían desarrollado, como las características atribuidas al enemigo. Los nacionalistas llamaban a sí mismos «verdaderos españoles» (  El Pilar 1936), «patriotas honrados» (  El Noticiero  1936), mientras que el enemigo se describió como «cobardes bárbaros [de la] Generalidad» (  El Noticiero  1936), «marxistas» e  5 «extranjeros» (  Heraldo de Aragón 1936).   También se puede ver como, en fechas tan tempranas, el propósito principal de la guerra  –   es decir, la defensa de la fe católica  –   ya ha sido ampliamente aclarado y socializado en las masas del bando rebelde: la presidenta de la Corte de Honor de Nuestra Señora del Pilar de Burgos escribió que su cofradía estaba preparando funciones de desagravio «por el triunfo de nuestra fe» (  El Pilar 1936) y el presidente del Colegio de Abocados de Pamplona aseguró que dicha institución organizaría actos de reparación por «el triunfo de la civilización cristiana» (  El Pilar 1936).   Siguendo el ejemplo del general Primo de Rivera, quien a raíz del triunfo sobre Abd el-Krim en 1926 acudió a dar gracias a la Virgen del Pilar, a partir de mediados de agosto, varios destacados miembros de la Junta de Burgos marcharon en peregrinación a la Santa y Angélica Capilla de Zaragoza con el fin de implorar la intercesión de la Virgen María en favor de su causa y reafirmar perentoriamente su fe católica. El general Emilio Mola, «uno de los primeros militares en captar los beneficios que podía tener la entrada de lo sagrado en escena» (Casanova 2001: 68), fue a visitar a la Virgen del Pilar en la mañana del 10 de agosto. Abrazando la Sacra Columna y besando con emoción el manto de la imagen, Mola pronunciò unas palabras de «un profundo sentido religioso y patriótico»: ¡Ya que todo lo puedes, Virgen Santa del Pilar, ayúdanos con tu poder a los españoles en esta noble empresa que traemos entre manos! (  El Pilar 1936). En los últimos diez días de agosto, también el general Cabanellas pasó de Burgos a la capital aragonesa específicamente para visitar a la Virgen del Pilar (  El Pilar 1936). Detrás de los coches de los generales se formaron imponentes cortejos, que constituyeron poderosas manifestaciones de adhesión de la población aragonesa a los insurgentes. Otro rasgo común en las visitas de los jefes militares de la insurreción consistió en la ostentación de emoción y fervor religioso por parte de generales que, antes de la sublevación, no habían dado muestra de profundos sentimientos religiosos como el cardenal Gomá escribio en el informe sobre la Guerra de España enviado a la Santa Sede el 13 de agosto de 1936 (Redondo 1993: 71). Esto es lo que sucedió en la visita de Millán Astray, que también ofreció la Legión Extranjera a la Virgen del Pilar. Estas visitas fueron seguidas, durante el mes de septiembre, de las de los generales Cavalcanti, Ponte y Manso de Zúñiga y Germán Gil Yuste (  El Pilar 1936). Giuliana Di Febo ha llamado la atención sobre el papel de «mediadoras de la victoria» desempeñado por las devociones marianas locales o tradicionales, sobre todo en los meses de
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