La Iglesia católica en Cuba y la revolución de independencia

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  XIIICOLOQUIO DE HISTORIACANARIO - AMERICANA VIII CONGRESO INTERNACIONALDE HISTORIA DE AMÉRICA (AEA)1998 Ediciones del Cabildo de Gran Canaria Las Palmas de Gran Canaria, 2000  143 LA IGLESIA CUBANA Y LA REVOLUCIÓN DEINDEPENDENCIA (1868-1898)  Juan Bosco Amores Carredano  Introducci ó n La historia de la Iglesia cat ó lica en Cuba, tanto en lo que se refiere a la é pocacolonial como a la del siglo XX, ha merecido hasta ahora un escaso inter  é s por parte de loshistoriadores. 1  Para el siglo XIX contamos con m á s informaci ó n. A trav é s de las semblan-zas biogr  á ficas de algunas figuras de la Iglesia especialmente queridas para la historiograf  í  acubana  –  como son F é lix Varela (1788-1853) y el obispo de La Habana Juan Jos é  D í  az deEspada (1802-1832)  –  , podemos conocer algunos aspectos parciales de la actuaci ó n de laIglesia en las primeras d é cadas del siglo XIX. 2  Para las d é cadas centrales del siglo XIXdestacan los trabajos de Reinerio Lebroc, con un claro matiz “ nacionalista ” , 3  el mismoque se observa en los numerosos trabajos de Manuel Maza Miquel, S.I., sobre la Iglesiacubana finisecular, que se basan principalmente en la correspondencia de los obispos deCuba con la Santa Sede. 4 En este breve trabajo de s í  ntesis pretendemos ofrecer un panorama de la situa-ci ó n de la Iglesia en Cuba al acercarse la crisis que acab ó  con la dominaci ó n espa ñ ola. Alser una instituci ó n estrechamente ligada al Estado y al “ ser  ”  espa ñ ol, la evoluci ó n de laIglesia en la Cuba del XIX hay que entenderla en el contexto de la evoluci ó n pol í  tica ysocial que finalizar  á  con la independencia de la isla en 1898.  La Iglesia durante la etapa de “ az ú car e Ilustraci ó n ” La é poca del primer gran boom azucarero en Cuba, entre 1790 y 1830, fue tam-bi é n la ú nica en la que la Iglesia goz ó  de un relativo esplendor en la isla. Durante la mayor parte de ese per  í  odo estuvieron al frente de las dos sedes episcopales cubanas dos preladosespecialmente activos, Juan Jos é  D í  az de Espada en La Habana (1800-1832) y Joaqu í  nOs é s en Santiago (1790-1825). En un raro ejemplo de unanimidad, toda la historiograf  í  acubana reconoce los m é ritos de Espada por sus esfuerzos en pro de la ense ñ anza  –  a trav é sprincipalmente del impulso al Colegio Seminario de San Carlos, donde se form ó  una ge-neraci ó n de criollos  –  , su esp í  ritu “ moderno ”  e ilustrado  –  fue Director de la Sociedad Eco-n ó mica de Amigos del Pa í  s  –  , su actitud cr  í  tica hacia el sistema esclavista, por haber sidoel protector del presb í  tero F é lix Varela  –” padre ”  del nacionalismo cubano  –  , y por su pre-ocupaci ó n por el bien de la isla en general, de modo que es considerado como un cubanom á s. 5  As í   mismo, Os é s, aunque feroz enemigo de Espada, no le fue a la zaga en cuanto a laactividad desplegada en su di ó cesis santiaguera, a la que, como le ocurri ó  a Espada con LaHabana, lleg ó  a considerar como su segunda patria. 6 10  144 Ir  ó nicamente, al mismo tiempo se estaban poniendo en esta é poca las bases quellevar  í  an a una progresiva descristianizaci ó n de la sociedad cubana. El auge azucarerofavoreci ó  el enriquecimiento f  á cil y r  á pido de una elite de hacendados y comerciantes, yen general de la poblaci ó n blanca, imprimiendo en ella un fuerte sentido materialista de lavida que se refleja tambi é n en el escaso desarrollo de instituciones culturales en la isla, noachacable, al menos hasta los a ñ os 30, a las posibles trabas y censuras de un gobiernoautoritario y desconfiado de lo cubano. Ese enriquecimiento r  á pido se estaba consiguien-do adem á s sobre la base de un sistema esclavista, profundamente injusto. La relaci ó n conlos Estados Unidos, el cosmopolitismo de la elite y la presencia habitual de extranjeros nocat ó licos en La Habana favorecieron tambi é n un ambiente de tolerancia e indiferentismoentre las clases criollas. Una manifestaci ó n clara de este ambiente era el escaso inter  é s delos criollos por los estudios de teolog í  a y por la carrera eclesi á stica en general. 7 El sistema esclavista  –  del que se beneficiaba, a trav é s del diezmo, la instituci ó neclesi á stica y en el que participaba directamente alguna orden religiosa propietaria deingenios azucareros  –   no s ó lo se manifestaba contradictorio con una sociedad que se reco-noc í  a cat ó lica, sino que favoreci ó  directamente la descristianizaci ó n de la poblaci ó n decolor, que supon í  a m á s de la mitad de la poblaci ó n cubana hacia 1830. Los hacendadosazucareros obstaculizaron de forma clara la catequizaci ó n y atenci ó n espiritual de losesclavos. La plantaci ó n esclavista exigi ó  tambi é n la eliminaci ó n del descanso dominicaldurante los meses de zafra. No hubo una reacci ó n de la Iglesia en este sentido, resultandoque, con excepci ó n de la esclavitud dom é stica y una peque ñ a parte de la poblaci ó n decolor libre, varias generaciones de afrocubanos no recibieron ninguna instrucci ó n religio-sa. La presencia y actividad de la Iglesia, que en los siglos XVII y XVIII era bien visibleen el campo, se redujo pr  á cticamente al mundo urbano.  Poderes omn í  modos y desamortizaci ó n La d é cada de 1830 trajo consigo un cambio sustancial en las relaciones entre lacolonia y la metr  ó poli. Hasta esa fecha hab í  a funcionado a la perfecci ó n un pacto peculiar,de inter  é s mutuo, entre la é lite criolla y el gobierno metropolitano. Con la imposici ó n delliberalismo doctrinario y autoritario, reflejado en los “ poderes omn í  modos ”  que se entre-garon al capit á n general de la isla, los deseos de autonom í  a, crecientes entre la burgues í  acriolla, fueron claramente despreciados por las autoridades y las Cortes espa ñ olas, lo quepropici ó  el desarrollo del independentismo, en unos, y del deseo anexionista a los EstadosUnidos en otros. 8  Este proceso, que se ir  á  agravando con el tiempo y culminar  á  en lassucesivas guerras de independencia, supuso tambi é n un doble obst á culo para el actuar dela Iglesia en Cuba: el primero vino de la misma actitud anticlerical de los gobiernos libe-rales metropolitanos, especialmente en el per  í  odo 1836-1845; el segundo tuvo m á s tras-cendencia, pues se trataba de que la sociedad cubana, y en especial el mundo criollo ilus-trado, percib í  a cada vez m á s a la instituci ó n eclesial como una parte de la administraci ó ncolonial, incluso como un instrumento del colonialismo hispano, y su oposici ó n o despre-cio hacia é ste le condujo a un alejamiento cada vez mayor de aqu é lla.La aplicaci ó n de los decretos desamortizadores en Cuba fue h á bilmente resistidapor el poderoso intendente de la isla, Claudio Mart í  nez de Pinillos, conde de Villanueva,pero fue uno de los motivos de su ca í  da y sustituci ó n, en 1841, por un d ó cil funcionario  145 que se encarg ó  de aplicar los correspondientes decretos en 1841. La desamortizaci ó n afec-t ó  a las ó rdenes religiosas masculinas, un total de 19 conventos (cuatro de dominicos, sietede franciscanos, dos de betlemitas, sanjuaninos, mercedarios y uno de agustinos y de ca-puchinos) con poco m á s de doscientos frailes, cuyas rentas anuales alcanzaban 170.000pesos, unas cifras que corroboraban la afirmaci ó n hecha por Humboldt, veinte a ñ os antes,de que “ el clero en Cuba ni es numeroso ni es rico ” . Y a partir de entonces lo ser  í  a a ú nmenos, pues la presencia y actividad de los religiosos, as í   como su asignaci ó n econ ó micapor el Estado, se redujo de un modo dr  á stico. El beneficio que obtuvo la real hacienda dela venta de los bienes desamortizados no lleg ó  a cien mil pesos, una cantidad que, desdeluego, no compensaba la casi paralizaci ó n de los servicios hospitalarios, educativos y debeneficencia que ven í  an realizando aquellas ó rdenes en beneficio de la sociedad cubana, yque no fueron sustituidos por el Estado. 9 Pero como tambi é n se ñ ala oportunamente Lev í   Marrero, la consecuencia m á snegativa de este proceso fue que la Iglesia cubana perdi ó  su autonom í  a econ ó mica y loseclesi á sticos se convirtieron, de hecho, en funcionarios del Estado. La real hacienda sehizo con el control del diezmo en 1842; la renta decimal aument ó  un 300 % entre ese a ñ oy 1867, fecha en que desapareci ó ; pero el Estado, que se hizo cargo del presupuesto delclero, entreg ó  a la Iglesia no m á s del 30 % de su producto, en el a ñ o m á s favorable, cuandoen las d é cadas iniciales del siglo esa cifra superaba el noventa por ciento. 10  La voracidadfiscal del Estado lleg ó  a privar a la Iglesia incluso de la franquicia postal que gozaba laadministraci ó n civil a cualquier nivel; las obras de la Catedral quedaron paralizadas por falta de ingresos; el seminario de La Habana apenas pod í  a mantener a sus escasos alum-nos. 11 Las consecuencias de todo ello son f  á ciles de adivinar: se hizo a ú n menos atrac-tiva la carrera eclesi á stica, tambi é n para el clero que pudiera venir de la pen í  nsula, falta-ban a la Iglesia medios para desarrollar su labor, etc. Hacia mediados de siglo, el ColegioSeminario de San Carlos de La Habana ten í  a veinticuatro matriculados, no todos paraseguir la carrera eclesi á stica; durante la d é cada del 40 no salieron ni media docena desacerdotes del Seminario de La Habana. El de San Basilio de Santiago de Cuba apenasdispon í  a de alumnos. 12 Estas medidas aceleraron el proceso de descristianizaci ó n de Cuba, aunque laincredulidad o indiferencia estaba ya muy extendida entre los criollos ilustrados. Uno deellos afirmaba entonces que la religi ó n ten í  a m á s partidarios s ó lo entre la poblaci ó n decolor libre, las familias m á s antiguas de las ciudades y las clases medias  –  literalmente “ median í  as ”–   de los barrios extramuros de La Habana (donde, por cierto, se concentrabauna buena parte de la poblaci ó n espa ñ ola inmigrante). 13  Estos cubanos ilustrados sol í  anachacar esta situaci ó n a la p é sima condici ó n del clero, pero ellos no hac í  an nada por mejo-rar la condici ó n de los esclavos de sus haciendas ni mostraron ninguna preocupaci ó n po-sitiva por las necesidades de la Iglesia cubana. 1850-1868: anexionismo y recuperaci ó n eclesi á stica Los dos factores claves de la evoluci ó n interna de Cuba en estos a ñ os centralesdel siglo son el auge de la trata esclavista  –  a pesar de que el gobierno espa ñ ol se compro-  146  meti ó  en varias ocasiones a suprimirlo  –   y el anexionismo, expresi ó n entonces del separa-tismo cubano, que respond í  a m á s a los intereses econ ó micos y pol í  ticos de un sector de laalta burgues í  a cubana que a un sentimiento nacionalista. Pero tambi é n fue un arma enmanos del gobierno metropolitano para justificar su negativa a dotar de autonom í  a pol í  ti-ca a la isla. En todo caso, el anexionismo increment ó  la fractura entre cubanos y espa ñ olesdurante la d é cada de 1845-55.La sociedad cubana de los 50 reflejaba ya la estructura que permancer  á  b á sica-mente inalterable hasta la llegada de la independencia. Por debajo de un sector reducidoformado por los grandes hombres de negocios hispano-antillanos, estrechamente ligadosa la metr  ó poli y caracterizados como “ espa ñ olistas ” , la mayor parte de la burgues í  a criolla  –  profesionales liberales y hacendados medianos  –   era de mentalidad liberal y laicista. Engeneral, en las actitudes e ideas de esta burgues í  a cubana era palpable una fuerte influen-cia de los Estados Unidos, en cuyas universidades se hab í  an educado muchos de ellos. Esaburgues í  a gozaba de una presencia relevante en la prensa, en los foros intelectuales de laisla y en algunos centros de ense ñ anza. 14  Algunos de sus miembros m á s influyentes repro-duc í  an el discurso ya manejado por los libertadores americanos a principios de siglo: el deque todos los males de Cuba se deb í  an al dominio colonial espa ñ ol, en el que la Iglesia jugaba un papel principal. Pocos de ellos se confesaban cat ó licos, pero su anticlericalismoacababa donde empezaba el nacionalismo: as í  , mientras el clero espa ñ ol era un instrumen-to de opresi ó n, el clero cubano era generalmente un ejemplo de patriotismo.Una buena parte de esa burgues í  a perteneci ó  a la masoner  í  a. La guerra de inde-pendencia iniciada en 1868 fue preparada en las logias, presentes en casi todas las ciuda-des de la isla. Aunque la pertenencia a la masoner  í  a se debi ó  m á s a razones t á cticas yorganizativas  –  se convirti ó  en la ú nica v í  a para poder conspirar contra Espa ñ a  –   que ideo-l ó gicas, sin duda la inspiraci ó n anglosajona de la masoner  í  a cubana contribuy ó  tambi é n adesarrollar entre los criollos el sentimiento de hostilidad hacia la Iglesia.Por otro lado, a partir de mediados de siglo la presencia de espa ñ oles peninsula-res se increment ó  de forma progresiva. Estos emigrantes ocupaban algunos sectores labo-rales clave  –  obreros de las f  á bricas de tabaco, oficios t é cnicos de las grandes f  á bricas deaz ú car   –   y dominaron las actividades de servicios urbanos, adem á s de cubrir la mayor parte de los puestos de la burocracia colonial, las fuerzas militares y policiales. De estemodo, los peninsulares se encontraban en una evidente posici ó n de superioridad que, uni-do al olvido de las promesas de autonom í  a hechas por las autoridades liberales de Madrid,contribuy ó  decisivamente al incremento del sentimiento nacionalista e independentistaentre la poblaci ó n cubana. En este clima social y siendo inevitable la asociaci ó n de laIglesia con lo espa ñ ol, la imagen de é sta ante las clases medias y populares cubanas que-daba distorsionada.Hacia 1845, Cuba contaba con 438 eclesi á sticos, de los que 252 resid í  an en eldepartamento occidental (las provincias de La Habana y Matanzas), 101 en el Central(Las Villas y Puerto Pr  í  ncipe o Camag ü ey), y 85 en el Oriental (Santiago de Cuba yBayamo). Esa distribuci ó n del clero se correspond í  a bien con la de la poblaci ó n y riquezade la isla, pero en conjunto supon í  a un sacerdote por cada 2.000 habitantes, aproximada-mente, cifra que contrasta con la de uno por cada 400 habitantes que se puede estimar en
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