En torno a la obra teórico-literaria y filológica de Menéndez Pidal y el Centro de Estudios Históricos

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  En torno a la obra teórico-literaria y filológica de Menéndez Pidal y el Centro de Estudios Históricos
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   EPOS, XXIV (2008) págs. 263-285 EN TORNO A LA OBRA TEÓRICO-LITERARIAY FILOLÓGICA DE MENÉNDEZ PIDALY EL «CENTRO DE ESTUDIOS HISTÓRICOS» F RANCISCO  A BAD UNED. Madridfabad@flog.uned.es R ESUMEN Este artículo sistematiza los principales conceptos teórico-literarios de Menéndez Pi-dal y sus discípulos directos. P ALABRAS  C LAVE :  «Centro de Estudios Históricos», Menéndez Pidal, Dámaso Alonso,Amado Alonso. R ÉSUMÉ Cet article systématise les principaux concepts théoriques et littéraires de MenéndezPidal et de ses disciples les plus proches. M OTS - CLEF :  «Centro de Estudios Históricos», Menéndez Pidal, Dámaso Alonso,Amado Alonso. I NTRODUCCIÓN La llamada a veces «escuela de Madrid» es la que se formó en torno al maestro donRamón Menéndez Pidal en el seno del «Centro de Estudios Históricos» de la «Junta para  264  FRANCISCO ABAD  EPOS, XXIV (2008) págs. 263-285 Ampliación de Estudios» entre 1910 y 1936, año en que su trayectoria quedó interrum-pida por la guerra civil y luego por la decisión de los vencedores de la misma, que fueronsiempre muy adversos a todo lo pidalino; en realidad huellas de ese rechazo primero po-lítico y luego más bien social hacia los miembros de la escuela, llegan hasta nuestros mis-mos días: deseamos ilustrarlo algún día.Con el esfuerzo personal de don Ramón se fundamentan entre nosotros algunos ca-pítulos de la filología científica, la hoy todavía vigente, de tal manera que hay un antes yun después muy notorio en la filología española en relación a nuestro autor; él fue muyescrupulosamente positivista —en el sentido metodológico, no en el conceptual, y desdeluego en la mejor acepción de la palabra—, muy analítico y riguroso. Su nieto y asimis-mo filólogo de relieve (y que ya no vive tampoco) Diego Catalán, ha percibido con acier-to que «para conquistar la exactitud filológica y contener la arbitrariedad subjetiva, Me-néndez Pidal rechazó decididamente la imagen del escritor «polígrafo» dominante en losambientes nacionales, y limitó austeramente su campo de actividad. Esta limitación tie-ne su complemento en el aspecto formal: Menéndez Pidal arrinconó el estilo oratorio dela época haciendo gala de una extrema sobriedad expositiva» (Catalán, D., 1974: 25).Menéndez Pidal venía haciendo su obra personal desde finales del Ochocientos, perocon la creación de la «Junta» en 1907, y específicamente del «Centro» en 1910, encontróun lugar institucional en el que efectivamente seguir con la obra propia y crear ademásescuela, la escuela —como tal— de mayor relieve en toda la historia de los estudios fi-lológicos en España.Don Ramón llegaba a la jubilación de su cátedra en 1939, por lo que el tiempo demayor plenitud de su trabajo —trabajo en todo caso siempre inigualadamente logrado— coincide con el del «Centro de Estudios Históricos»; en el mismo estuvo el maestro delos cuarenta a los sesenta y cinco años de su edad, y allí logró su obra personal (aunquetambién la lograría antes y después), y asimismo impulsó con decisión la de sus discí-pulos y la de los discípulos de sus discípulos.Cabe sistematizar desde luego algunos de los conceptos teórico-doctrinales de Me-néndez Pidal en torno a la literatura, aunque no nos detendremos sólo en las fechas del«Centro».M ENÉNDEZ  P IDAL La pertenencia pidalina al noventayocho fue subrayada hace ya bastantes años por Dámaso Alonso, por Diego Catalán y José Luis Abellán, etc. Sin embargo no cabe olvi-dar que en don Ramón actuó en confluencia en parte con el noventayocho —generaciónde verdaderos clásicos en las letras españolas— otra tradición de gran impronta: la delkrausismo español. La impregnación krausista de nuestra literatura de la segunda mitaddel siglo XIX y del primer tercio del siglo XX es un hecho cierto —Ángel del Río lo ad-virtió alguna vez—, y en ese marco hay que situar asimismo a Menéndez Pidal: su aus-teridad personal de vida y el esfuerzo mantenido en ella, la independencia de concienciay un tono laicista, el gusto por las tradiciones y lo folclórico, la demofilia, etc., le ins-criben en tal serie del krausismo español, como asimismo creemos que a ella respondie-ron en parte Galdós o García Lorca; de hecho la Junta para Ampliación de Estudios y el   EN TORNO A LA OBRA TEÓRICO-LITERARIA Y FILOLÓGICA DE MENÉNDEZ PIDAL...  265  EPOS, XXIV (2008) págs. 263-285 Centro de Estudios Históricos en los que tanto papel tuvo don Ramón, eran institucionesllenas de ese espíritu krausista.Nosotros formularíamos cómo Ramón Menéndez Pidal era persona de implantaciónkrausista pero que por su edad pertenecía a los hombres del 98, y ese noventayochismoincidió en su krausismo. El gusto por el excursionismo, por las tradiciones españolas, por el folclore, por el arte tradicional, por la intrahistoria toda, caracterizan entre nosotros aGiner de los Ríos y a sus gentes, y tal herencia la hace suya de manera muy decidida donRamón; la mejor España intelectual contemporánea creemos nosotros que es justamentela que lleva en sí la impronta institucionista y gineriana.Hay un libro precioso de Manuel Bartolomé Cossío (  De su jornada ) que cualquier profesor español creemos que debiera leer, y en el que se estampa por ej. a propósito dela enseñanza de la historia en la Institución Libre de Enseñanza, que la misma «tiene des-de el comienzo carácter de Historia de la cultura» y que en ella «se habla más de los pue-blos que de los personajes [...] despertando la idea (sin decirlo) de que todo lo que hay sehace por todos, y de que el verdadero sujeto de la historia no es el héroe sino el puebloentero, cuyo trabajo de conjunto produce la civilización» (Bartolomé Cossío, M., 1929:26-27). Menéndez Pidal hizo suya ciertamente una historiografía romántica, y ese ro-manticismo le llevó a ponderar la acción de los héroes (el Cid, los conquistadores deAmérica con sus «ilustres hazañas», etc.), pero asimismo operó en él la otra impronta dela mentalidad krausista, y de ahí su populismo —en el sentido más noble de la voz—.Don Ramón no estudió por ej. sino por ineludible necesidad científica y en la medi-da en que hacía falta el llamado  mester de clerecía ; él se ocupó en cambio de los juglaresy de la poesía juglaresca, que en definitiva era tradicional y en parte obra de todos, y tra-tó también del lenguaje y del romancero, productos asimismo muy tradicionales; de he-cho elaboró —según vamos a ver inmediatamente— una tipología de los hechos filoló-gicos tradicionales.Si leemos las obras del maestro encontramos en efecto en las mismas conceptosteórico-literarios, como por ej.,1), el de «estado latente». «Los contemporáneos de tal hecho o uso social —mani-fiesta—   no se dan cuenta de él  porque viven apartados del medio en que se produce y lodesconocen, o conociéndolo  no dan cuenta de él  porque no lo creen digno de atención;por cualquiera de estas causas de latencia coetánea se produce la latencia entre los ob-servadores posteriores que se ven privados de datos respecto al hecho en cuestión»(Menéndez Pidal, R., 1957a: 340).Se trata por tanto de una actividad colectiva o uso social que queda ocultado porqueo se desconoce, o se halla relegado a grupos sociales incultos; sale de esa latencia cuan-do al hecho se vuelve a prestar atención por las gentes cultas o eruditas.2) Don Ramón estableció también grados en la tradición, es decir, grados de con-sistencia tradicional en diversas actividades colectivas: lo más tradicional de todo leparecía el lenguaje —siempre en boca de todos y siempre empleado ininterrumpida-mente—, y de ahí que el individuo pueda intervenir difícilmente en cambiarlo; segundogrado de tradicionalidad (o sea, menor tradicionalidad) presenta el romancero (vid. Me-néndez Pidal, R. 1957a: 367-368).El romance posee menor grado de tradicionalidad que el lenguaje, en su vida inter-vienen menos gentes, se halla en boca de menos —la lengua la hablan todos—, y así una  266  FRANCISCO ABAD  EPOS, XXIV (2008) págs. 263-285 innovación feliz puede incorporarse al texto romanceril, resultar aceptada, y emigrar a va-rios lugares y difundirse.Por fin el que don Ramón llama tercer grado de tradicionalidad (que hay que enten-der como de tradicionalidad menor) es el del cantar de gesta: ahora «al ser menor el nú-mero de cantores y de oyentes que intervienen en la trasmisión, las variantes oralespueden introducirse más libremente», y de esta manera —en general— el juglar puederehacer y refundir los relatos épicos.3) Frente al concepto de poesía popular que agrada a todos en general, don Ramónestableció el de «poesía tradicional», la poesía que cuando se repite no se repite fielmentesino que se rehace en más o en menos: esta poesía «que se rehace en cada repetición, quese refunde en cada una de sus variantes, las cuales viven y se propagan en ondas de ca-rácter colectivo a través de un grupo humano y sobre un territorio determinado, es lapoesía propiamente  tradicional ». La poesía tradicional se reelabora por tanto por mediode las variantes (Menéndez Pidal, R., 1973: 325-356).En realidad del lenguaje —cabe añadir— puede decirse que vive asimismo en va-riantes, es decir, en continua diferenciación o dialectalidad interior; incluso otros textosde las letras castellanas han vivido en algún sentido en variantes, por ej. el teatro delXVII, que se transmitía mediante la memoria o en textos manuscritos que inevitable-mente conllevaban verdaderas variantes (Menéndez Pidal, R., 1971: 73-74; 77; 81).4) Nuestro autor distinguió asimismo —al tratar de la poesía tradicional— entre lasépocas «aédica» y «rapsódica» del romancero: «De una parte —escribía— hay queconsiderar una actividad  aédica , creadora; los poetas [...] se aplican a producir compo-siciones en estilo cantable popular, es decir, destinadas a un público mayoritario [...]; deotra parte, una actividad  rapsódica  limitada a repetir lo antes poetizado, eliminando enello todas las formas de expresión no asimilables por el común de los recitadores, inter-viniendo en corta medida cada recitador con retoques improvisados. Las dos actividadesse mezclan siempre, pero la época de orígenes y florecimiento es predominantemente aé-dica, y a ella sigue la época predominantemente rapsódica». En concreto y por lo que res-pecta al romancero hispánico, ocurre que su época aédica dura con gran actividad pro-ductora hasta muy avanzado el Quinientos (Menéndez Pidal, R., 1968, II, 16-19).5) Menéndez Pidal interpretó como un rasgo de poética —una «gala poética», de-cía— el de la conservación del uso de la llamada —  e  paragógica (esto es, las rimas  cib-dade ,  mare , asonando con  padre , etc.); en realidad tal —  e  interpretaba que no es para-gógica (  paragoge : «figura de dicción que consiste en la adición de algún sonido al fin deun vocablo»): «es etimológica, y data de una época en que la —  e  final latina se conser-vaba aún»; nos hallamos así ante un hecho srcinariamente etimológico y conservado lue-go por tradición a manera de ornato poético.Estas rimas con la —  e  «eran muy usadas en la lengua común —aclara don Ramón— en la primera parte del siglo XI, y sólo fue posible que se siguieran usando en los canta-res de gesta de los siglos XII y sucesivos gracias al poderoso ascendiente que pudieronejercer los relatos épicos de los siglos X y XI sobre los refundidores y poetas épicos pos-teriores» (Menéndez Pidal, R., 1970, 88-90).6) Menéndez Pidal analizó asimismo la reiteración estilística presente en el roman-cero, y esta «repetición» la conceptúa en tanto figura caracterizadora del mismo: «Laprincipal figura retórica usada en el estilo tradicional es la repetición. El lirismo gusta re-   EN TORNO A LA OBRA TEÓRICO-LITERARIA Y FILOLÓGICA DE MENÉNDEZ PIDAL...  267  EPOS, XXIV (2008) págs. 263-285 mansarse reiterando sus efusiones. Esta reiteración [...] es sin duda lo que más distingueel estilo épico-lírico de los romances respecto al estilo propiamente épico de las gestas»(1968, I, 78-80).7) Nuestro autor delimita conceptualmente asimismo lo que es el idioma escrito:«“El habla escrita” es un  acto perdurable  que se dirige no a un oyente inmediato, sino aun lector por lo general desconocido, actual o futuro. El paso de la forma oral a la escri-ta provoca en el sujeto, cualquiera que sea su condición social, un afán de superación, unesfuerzo deliberado por incorporarse al ambiente cultural común. Fundamentalmente exi-ge un trabajo de estudio y corrección para eliminar del habla espontánea la rapidez o lalentitud ocasionales del momento, y lograr la precisión que reclama la lectura, acto deatención más tensa, comparado a la audición, acto de percepción más pasiva. [... La len-gua escrita] siempre se distingue de la hablada por el artificio y mayor compostura» (Me-néndez Pidal, R., 2005, II, 19-21). Nos encontramos en efecto ante un  artificio. 8) En fin don Ramón tiene un concepto de la lengua literaria que supone al menosdos diferentes acepciones de la idea, y que expone de esta manera (Menéndez Pidal, R.,2005, II, 19-24): «Como acto artístico perdurable, tendiendo a una expresión que sirvapara todos y para todo, [la lengua literaria] prefiere las formas lingüísticas de mayor ám-bito de comprensibilidad, las de mayor arraigo en el idioma, las más nobles, las que me-nos han rodado en el habla vulgar y menos se han contaminado en los empleos bajos dela vida, las que se hallan consagradas en las más hermosas realizaciones que la lengua hatenido bajo la pluma de los escritores antepasados. [...] La lengua literaria puede ir in-formada por un propósito principalmente estético o por uno utilitario, y será  poética  o  prosaica . Por sus caracteres rítmicos puede ser   versificada  o  prosística , y claro es que unaobra versificada puede ser prosaica y una obra prosística puede ser poética. El habla poé-tica por su liricidad, por su vibración emocional, realiza el mayor esfuerzo de invencióno subjetividad creadora». Hay una idea de lengua literaria que la identifica en la prácticacon la lengua poética, y así parece hacerlo a veces nuestro autor, quien en otras ocasionesentiende en sentido más amplio que la lengua literaria es simplemente la no vulgar, y queella comprehende la lengua propiamente poética, que a su vez se manifiesta bien en ver-so bien en prosa (para todo lo anterior, vid. más detalles en Abad, F., 2008, 165-174).E L  « CENIT »  DE LA LITERATURA ESPAÑOLA Menéndez Pidal estimaba que la cima de las letras castellanas ocurrió a fines del si-glo XVI y en los comienzos (primeras décadas) del XVII; por ej. en la  Antología de pro-sistas españoles  decía que «el último tercio del siglo XVI (incluyendo los primeros de-cenios del XVII) señala el punto más alto de gloria a que llegó nunca la prosa castellana,tanto en hermosura como en difusión por todo el mundo civilizado». En realidad —y se-gún había notado años antes— la lengua castellana comprendió en sí desde fines de lacenturia del Cuatrocientos «los productos literarios de toda España (pues en ella cola-boraron hasta los más grandes autores portugueses, como Gil Vicente [...])».A partir del reinado de Fernando e Isabel (cfr. Menéndez Pidal, R., 1950, para variasde las ideas que siguen) se acumularon hechos decisivos en el hablar común y en el len-guaje literario: unificación de los dos grandes dialectos afines, castellano y aragonés; apa-
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