1810 EN CHILE: AUTONOMÍA, SOBERANÍA POPULAR Y TERRITORIO

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  1810 EN CHILE: AUTONOMÍA, SOBERANÍA POPULAR Y TERRITORIO
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  95  Historia y Política ISSN: 1575-0361, núm. 24, Madrid, julio-diciembre (2010), págs. 000-000 1810 EN CHILE: AUTONOMÍA, SOBERANÍA POPULAR Y TERRITORIO SOL SERRANO Universidad Católica de Chile Filiación institucionalsserrano@uc.cl JUAN LUIS OSSA SANTA CRUZ Universidad de Oxford juanluisossa@yahoo.com (Recepción: 06/01/2010; Revisión: 12/04/2010; Aceptación: 06/06/2010; Publicación: /10/2010) 1. L A   AUTONOMÍA   DEL   REINO .—2. L OS   MIEDOS   DEL   GOBERNADOR .—3. L OS   DILEMAS   DE   LA   SOBERANÍA .—4. L A   DEFENSA   DE   LA   PATRIA .—5. E PÍLOGO .—6. B IBLIOGRAFÍA . RESUMEN En este artículo proponemos, en primer lugar, que en la segunda mitad del siglo XVIII  la élite criolla chilena adquirió una relativa autonomía administrativa. Esta auto-nomía permitió a los vecinos locales defender sus derechos y prerrogativas de forma corporativa. En segundo lugar, discutiremos los diferentes escenarios en que los criollos defendieron sus intereses y se fortalecieron en relación con el gobernador local, Fran-cisco Antonio García Carrasco. En tercer lugar, estudiaremos la creación de la Junta de Gobierno del 18 de septiembre de 1810 y el cambio en la representación política que ésta conllevó. Por último, la cuarta sección analizará cómo se pensó el sistema defensi-vo en 1810 y cuál fue el papel de la Junta en la configuración de las fronteras de su propio territorio. Palabras clave: Chile; siglo XVIII ;  siglo XIX ;  política; independencia; autonomía.  1810 EN CHILE: AUTONOMÍA, SOBERANÍA POPULAR Y TERRITORIO SOL SERRANO Y JUAN LUIS OSSA SANTA CRUZ 96 1810 IN CHILE: AUTONOMY, POPULAR SOVEREIGNTY AND TERRITORY ABSTRACT In this article we suggest, in the first place, that in the second half of the eighteenth century the Chilean creole elite enjoyed high degrees of administrative autonomy. This autonomy helped the vecinos  to defend their rights and prerogatives in a corporative way. Secondly, we discuss the different scenarios in which the creoles defended their interests in relation to the Chilean governor, Francisco Antonio García Carrasco. Thirdly, we study the creation of the national  Junta  of September 18, 1810, and the political changes that its conformation brought about in Chilean society. The last section analyzes how the  Junta  planned a defensive system in 1810 and which was its role in the configuration of the frontiers of the Chilean territory. Key words: Chile; 18-Century; 19-Century; politics; independence; autonomy. * * * S OL  S ERRANO P. Universidad Católica de Chile J UAN  L UIS  O SSA Dphil (c) in Modern History, St. Antony’s College, University of Oxford La Capitanía General de Chile formó parte de las regiones de la América española que más tempranamente optaron por constituir gobiernos autónomos ante la crisis monárquica iniciada en 1808. El caso chileno comparte los mismos debates que se esparcieron por todo el subcontinente en torno a la representa-ción de la soberanía monárquica y que, al igual que en la Nueva Granada y el Río de la Plata, derivaron en la instauración de sus primeras juntas de gobierno en abril, mayo y septiembre de 1810, respectivamente. La principal caracterís-tica del caso chileno, y posiblemente donde reside su mayor particularidad, es que en el año 1810 se definieron tres asuntos fundamentales que habrían de ser finalmente irreversibles: la autonomía, es decir, la representación de la sobera-nía a través de los pueblos; la soberanía popular (aunque no todavía republica-na) a través de la representación del «pueblo» como srcen de un nuevo gobier-no constitucional; por último, la formación de un plan de defensa con un claro concepto territorial. Estas tres definiciones no estuvieron exentas de conflictos, pero se llevaron a cabo con base en la negociación entre las instituciones tradi-cionales —civiles y militares— que mutaron hacia la formación de un nuevo orden político sin que mediaran grandes manifestaciones de violencia. Este ar-   HISTORIA Y POLÍTICA  NÚM. 24, JULIO-DICIEMBRE (2010), PÁGS. 000-000 97 tículo intenta explicar este proceso, inevitablemente desde un cierto contexto anterior, pero principalmente situado en ese año decisivo.En primer lugar, proponemos que en la segunda mitad del siglo XVIII , la élite criolla chilena adquirió una relativa autonomía administrativa fruto de la necesidad de la dinastía borbónica de contar con el apoyo político y militar de sus súbditos americanos (1). Dicha autonomía permitió a los vecinos locales defender sus derechos y prerrogativas de forma corporativa, especialmente cuando, en 1808, la caída de la monarquía española obligó a las autoridades coloniales a tomar sus propias determinaciones. El segundo tema se refiere a los diferentes escenarios en que los criollos defendieron sus intereses y se fortale-cieron en relación con el gobernador local, Francisco Antonio García Carrasco. En tercer lugar, discutiremos la creación de la Junta de Gobierno del 18 de sep-tiembre de 1810 y el cambio en la representación política que ésta conllevó: de la representación de los cuerpos tradicionales a una más amplia, definida y unitaria, tanto constitucional como territorialmente. La cuarta sección analizará cómo se pensó el sistema defensivo en 1810 y cuál fue el papel de la Junta en la configuración de las fronteras de su propio territorio. Además, proponemos que fueron los conceptos de «autonomía», «soberanía popular» y «territorio» los que dieron sentido y proyección a ese martes de septiembre de 1810 cuando la colonia más periférica del imperio español dio un paso significativo hacia una nueva forma de gobierno. 1. LA   AUTONOMÍA   DEL   REINO Contrariamente a lo que algunos historiadores han sostenido en las últimas décadas, en la segunda mitad del siglo XVIII  la colonia chilena contó un alto grado de autonomismo administrativo. A pesar de que, como bien plantean historiadores como David Brading o John Lynch, el ascenso de Carlos III al trono español conllevó una redefinición teórica del pacto colonial (mediante el (1) En este caso, entendemos el concepto de «élite» como el grupo social, político y eco-nómico que dirigía los hilos administrativos locales entre las décadas de 1770 y 1800 y que se reconocía a sí misma (y era reconocida por otros) como tal. Es importante, sin embargo, no ver a este grupo de forma monolítica, pues, como ciertos acontecimientos ocurridos en las últimas décadas del siglo XVIII , pero sobre todo luego de 1810 comprueban, sus miembros no siempre actuaron unívocamente e incluso ciertos conflictos al interior de sus estructuras lograron deses-tabilizar su supuesta homogeneidad. Aun así, y con el propósito de facilitar la lectura de estas páginas, las veces que utilicemos el concepto lo haremos enfatizando su carácter singular ( e.g . «élite»), entre otras cosas porque, por lo menos hasta 1810, las diferencias al interior del grupo dirigente chileno fueron menores que las coincidencias. En efecto, como veremos, prácticamente la «élite» en su totalidad apoyó el autonomismo administrativo; las discrepancias se explicitaron cuando aparecieron diversas interpretaciones en torno a qué régimen político debía implementar-se en ausencia del rey. Nuestra visión sobre la élite criolla chilena se asemeja al concepto de «vecindad» y de «vecino» otorgado por G UERRA  (1999): 40-42.  1810 EN CHILE: AUTONOMÍA, SOBERANÍA POPULAR Y TERRITORIO SOL SERRANO Y JUAN LUIS OSSA SANTA CRUZ 98 cual España buscó retomar el control de sus posesiones ultramarinas disminu-yendo progresivamente el poderío criollo), en la práctica las reformas borbóni-cas estuvieron lejos de implementar en colonias marginales como Chile los objetivos supuestamente absolutistas de la corte madrileña. En ese sentido, si aceptamos que la corona española intentó «reconquistar» el territorio colonial chileno mediante una serie de mecanismos reformistas, también debiéramos coincidir en que aquel plan no pasó nunca de ser un sueño ministerial (2).En términos generales y continentales, dos factores explican este contraste entre teoría y práctica: en primer lugar, las distancias geográficas entre el centro y las periferias impidieron que el programa absolutista de Carlos III se exten-diera con la misma fuerza en las colonias más distantes del centro imperial, como Chile, que en virreinatos históricos, como Nueva España y Perú. Por mucho que a lo largo del siglo los comerciantes gaditanos y estadistas peninsu-lares consiguieran dinamizar el comercio transatlántico —y, por ende, vincular la economía de lugares tan distantes entre sí como Chile y Cádiz—, los avances tecnológicos de la época fueron insuficientes para transformar el mundo occi-dental en un lugar de puro encuentro entre las metrópolis europeas y sus colo-nias. En segundo lugar, la participación de la Península en conflictos armados internacionales (como la Guerra de los Siete Años y la Guerra de Independencia en las Trece Colonias), la obligó a concentrar sus esfuerzos bélicos en regiones estratégicamente más rentables (como Cuba), obligando a las autoridades del resto de las colonias a depositar sus esperanzas defensivas casi exclusivamente en manos criollas y, de ese modo, a fomentar la participación de los habitantes locales en el sistema imperial español (3).  (2) En su acabado libro sobre mineros y comerciantes en la Nueva España del siglo XVIII , David Brading acuñó la palabra «reconquista» para describir los deseos de los Borbones por retomar el control de sus posesiones ultramarinas. Años después, John Lynch hizo extensivo el término para la totalidad del continente. De sus argumentos se puede colegir que el ánimo de «reconquista» de Carlos III —manifestado, entre otras cosas, en su afán por cubrir los puestos de la administración colonial con burócratas nacidos en España— despertó el resentimiento de los criollos, quienes, conscientes de su americanismo, habrían instalado sus primeras juntas nacionales como una forma de salvaguardar su identidad criolla. Esta interpretación no es ne-cesariamente errada, aunque sí un tanto limitada, sobre todo considerando que no todas las colonias «sufrieron» la elevada presencia de españoles en sus burocracias de la forma en que sí lo hicieron, por ejemplo, los criollos mexicanos o peruanos. En el caso de Chile, a fines del siglo XVIII  la mayoría de los puestos más importantes en el cabildo y el ejército estaba estaban ocupados por criollos. Véase B RADING  (1971): 30; L YNCH  (1976) y L YNCH  (2001). Aunque no de forma tan explícita como lo hemos presentado aquí, B ARBIER  (1980) y J OCELYN -H OLT  (1992) comparten la tesis de que los Borbones no pudieron «reconquistar» Chile mediante su política reformista. (3) Esto no quiere decir que la defensa de la Isla de Cuba se haya llevado a cabo sólo con refuerzos provenientes de la Península; de hecho, como bien ha planteado Allan Kuethe, la ayuda defensiva de los criollos cubanos fue requerida en repetidas ocasiones. Más bien, nuestra afirma-ción hace mención a que, en comparación con otras colonias (Chile entre ellas), Cuba recibió más atención militar por parte de la metrópolis, siendo el envío de refuerzos bastante más constante a esta parte del Caribe que a las regiones marginales. Véase K UETHE  (1981).   HISTORIA Y POLÍTICA  NÚM. 24, JULIO-DICIEMBRE (2010), PÁGS. 000-000 99 En Chile, la maduración de su élite fue el resultado mediato de casi tres si-glos de relación entre la Corona y sus colonias, aunque también el corolario inmediato de una aceptación por lo menos implícita por parte de los Borbones de que los criollos alcanzaran un nivel de injerencia en la administración públi-ca bastante similar al que habían gozado bajo los Habsburgos. Así, tomando en cuenta que en repetidas ocasiones los agentes peninsulares apoyaron a los crio-llos para que decidieran autónomamente sobre el futuro de la colonia, sería plausible argumentar que fue la propia Corona la que potenció la cada vez más sólida posición de los habitantes coloniales y, en consecuencia, la que paradó- jicamente propició el declinar y caída del Antiguo Régimen en Sudamérica. Ahora bien, ¿de qué forma el reformismo borbónico apoyó el autonomismo de los criollos chilenos? Y cuando lo hizo, ¿fue por convencimiento doctrinario o, más bien, por necesidad administrativa? A grandes rasgos, el proyecto de los Borbones tuvo como fin, tanto en Chile como en el resto de las colonias, reforzar tres aspectos del funcionamiento del imperio español en el Nuevo Mundo: hacer más efectiva la administración inter-na de los virreinatos y sus dependencias aledañas; enriquecer las arcas fiscales mediante una política económica eficaz y teóricamente centralista; y disciplinar los cuerpos militares (regulares y milicianos) (4). Por ello, al momento de soli-citar la ayuda de los criollos chilenos para llevar a cabo estas reformas, las auto-ridades fomentaron el poder de los habitantes locales preferentemente en térmi-nos políticos, económicos y defensivos. Ningún proceso histórico muestra mejor la interconexión entre estas tres áreas que el plan de creación de intendencias en Chile ideado por el visitador del Virreinato del Perú, Jorge Escobedo, e imple-mentado por el gobernador chileno de la época, Ambrosio Benavides. Entre septiembre de 1784 y mayo de 1786, Escobedo y Benavides intercam-biaron una serie de cartas en torno a la importancia y vialidad de crear intenden-cias en territorio chileno (5). En septiembre de 1784, Escobedo comentó a Be-navides que la intención de Carlos III era seguir el modelo de intendencias francés implementado unos años antes en el Río de la Plata y, con ello, homo-logar la administración pública a lo largo y ancho del continente (6). Sin embar-  (4) En su muy bien trabajado libro sobre los imperios trasatlánticos, John Elliott da cuenta del funcionamiento del sistema político español y cómo este influyó en el devenir de las colonias americanas. A través de un exhaustivo análisis comparativo entre las experiencias españolas y británicas en el Nuevo Mundo, el lector logra hacerse una acabada idea de la internacionalidad de la política imperial europea durante el siglo XVIII , sobre todo en relación con el denominado «mundo atlántico». En este sentido, al estudiar el surgimiento autonomista de la colonia españo-la tomando en cuenta procesos históricos tan relevantes e internacionales como la creación de intendencias en la regiones más marginales del imperio español, se intenta redefinir la relación centro/periferia y así evitar analizar la historia de la metrópolis y de sus colonias como si se tra-tara de compartimentos estancos. Véase E LLIOT  (2007). (5) AGI, Chile, 315, ff. 1-37. (6) Sobre el modelo de intendencias francés, véase D OYLE  (1999): 60. Sobre la creación de intendencias en el Río de la Plata, véase L YNCH  (1962).
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